No solo vino: las anchoas saladas de Riomaggiore
Una historia de mar dentro de un documento antiguo
Cuando llegas a Riomaggiore, la mirada casi siempre se dirige hacia arriba: las casas estrechas, las escalinatas, los viñedos que trepan por las laderas, los bancales suspendidos sobre el mar. Así solemos imaginar este pueblo: vertical, agrícola, ligado al esfuerzo de la tierra y al vino.
Pero si bajas al pequeño puerto y te detienes unos minutos entre las barcas, la roca y el agua, Riomaggiore cuenta también otra historia. Una historia más “salada”, más cotidiana, hecha de redes, barriles, anchoas y hombres que conocían el mar no como paisaje, sino como trabajo.
La historia vuelve a salir a la luz gracias a un documento del 18 de julio de 1643. Aquel día, Benedetto Tubino, patrón de una embarcación de Cornigliano, declaró ante un notario que había cargado precisamente en Riomaggiore una gran cantidad de anchoas saladas: once barriles, dos medios barriles y cuatro cuartarole, unos trescientos kilos de pescado. No era un detalle cualquiera: aquella carga tenía un origen que certificar, una calidad que reconocer y un valor que proteger.
En el documento, aquellas anchoas se definen como “nostrali”. Es una palabra sencilla, pero hermosa: significa que eran “de aquí”, pescadas en estos mares, saladas y preparadas en Riomaggiore. Dentro de ese término hay un fragmento de la vida del pueblo: las salidas en barca, el regreso al puerto, la sal, la conservación y los intercambios a lo largo de la costa.
El mismo estudio menciona también unas redes de pesca llamadas “speoni” o “spioni” y un leudo, embarcación típica de la tradición marinera ligur. Son palabras que hoy suenan lejanas, pero basta con mirar el pequeño puerto para sentirlas un poco más cerca. Detrás de la postal fotografiada por todos había manos trabajando, saberes transmitidos, esfuerzo y una pequeña economía del mar.